martes, 12 de octubre de 2010

de Raúl Zurita

Desde Los Círculos hasta este último libro La generación

de las palomas, Astrid Fugellie ha escrito una obra que, junto a
ser una de las más fuertes y originales de la poesía chilena de
los últimos años, nos muestra una cara del mundo que no había
sido antes revelada; esa cara donde la historia personal y la
historia colectiva se inundan mutuamente señalándonos que
no tenemos más remedio que vivir vidas que son el mundo,
que representan las tramas de ese mundo porque, aunque lo
público, es decir: las grandes representaciones, la cultura, la
política, la economía, desdeñe nuestras historias, nuestros íntimos
dramas, miserias o alegrías, toda vida privada es siempre
colectiva. Los 21 testimonios que conforman La generación
de las palomas nos muestran los itinerarios de una travesía
que es al mismo tiempo un génesis, aunque ese génesis sea
el de una expulsión:
Me esputaron por el aire, ¡pobre diabla!, dijeron.

La voz que va atravesando este libro –sus entonaciones,
sus silencios, sus salmodias, sus ritmos- nos va mostrando así
un exilio radical en el cual los seres y los territorios de nuestra
vida son también los seres de nuestra soledad y de nuestra
muerte, diciéndonos que somos hijos de esa muerte, de abuelas
muertas que generaron madres muertas y que en ese revés
ocluido de la vida está también quizás la única posibilidad de
llegar a ensayar algún día los nuevos poemas de un relato nuevo.
Lo admirable, sin embargo, es que esta visión no es en absoluto
abstracta -no es otra crítica metafísica más- sino que al
contrario, está afincada, como en toda la obra de Astrid Fugeille,
en cosas tangibles: en personajes de los cuales no nos quedan
más que algunas palabras, pero cuyo sólo recuerdo es una crítica
del mundo (como los reveladores poemas dedicados a Jorge
Teiller y Enrique Lihn), porque lo que esta generación de
las palomas nos dice es que nada de la contemporaneidad está
excluido: la globalización, el arrasamiento del entorno, la muerte
misma de la poesía, porque el rechazo es la única prueba de
que no era éste el mundo al que hubiésemos querido nacer:
De algún modo, tuvimos miedo a ser obligadas a nacer

Vivas en medio de esa casa de adobe y tierra.

La generación de las palomas es así una generación de
heridas que no tienen ninguna posibilidad de cicatriz que no
sea aquella que les dé la cicatriz expuesta de la poesía. ¡Ay

paloma! –dime- ¿Quién te hirió?. Es la última línea del libro, pero
esa pregunta, no su respuesta, será la que nos sobrevivirá.
Astrid Fugellie habla por una generación, la nuestra, la mía,
que lo único que tuvo para responderla fueron las cicatrices
permanentemente reabiertas del poema.
Julio, 2005