viernes, 7 de octubre de 2016

Algo no termina de suceder


                ¿Qué es aquello que desliza un rumor de otoño o de rama primaveral en frente de una ventana agazapada en la sombra? ¿Cuánto de posibilidad o de abismo tiene el lento amanecer o el inevitable monólogo, apenas se despereza la memoria?

          Algunas intensidades existen como un clamor imposible de satisfacer. Están llamadas a perdurar y a repetir sin mengua inquietudes que, por momentos, son abrumadoras y, en otros, sólo parecen encogerse con tal de desplegar sus bríos de marejada, en cualquier momento.

           La otra voz, que mentamos poesía, es la renovación del oleaje íntimo del ser humano. Sin titubeo, puede atribuirse a aquella un incansable insomnio. Vela cuando gobierna el sueño; aleja la inmediatez para ser vista con más fidelidad; recompone las distancias y reanima lo exánime.

           Comprobamos lo dicho en Libro del mal morir, poemario de Astrid Fugellie, de quien se conoce una obra de reconocida calidad. Las jornadas del silencio; Los círculos; Dioses del sueño, son algunos de sus libros.

           Los poemas de Astrid acogen la constancia de la memoria, principalmente en sus visiones audibles y, ya conozca de un desarrollo amplio o corresponda a un pispar instantáneo, en apariencia, deja abiertos los textos, como quien interviniera en el reino del silencio, para después sumergir la atención en espera de nuevos hallazgos.

           “y esto:/ para que los verbos que tramas sean liturgia/ una boca llena de flores//y esto:/ para cuando quedes en tu nombre, y no en ti/ como un muñeco hecho de margaritas//y esto:/ para cuando te sorprenda el morir,/ con los mismos ojos que naciste”. (Di-vagando).

            Lengua de sí y consigo, los textos de este libro reiteran algunas posibilidades gráficas: los signos exclamativos y los guiones separadores, o de una vez la fragmentación de numerosos vocablos. Unos y otros pretenden aumentar el énfasis que nutre esta escritura. Y es que la voz interna piensa, recompone, vuelve a sí las presencias diluidas y las descoloradas promesas de la existencia, confrontadas en una distancia, que es aquí, y en un antes o en un porvenir, que son ahora.
                                                                                        
            “te vas y yo sigo sobre la tela/ brumosa, mis ojos observan tu in/ movilidad: alma en pena que, de un/ instante al otro, se desprende, se frac/ciona, se escapa, y a la hora/ de la vacuidad, ¡muerte viva!, cami/na con lentitud mis vaciadas entra/ñas como si las manchas se hicieran/ para adentro: sin cara para lavar/ los ojos, sin ojos para lavar el/ alma”. (Las manchas)
         
             El libro de Astrid Fugellie pertenece a la poesía; y ésta es un habla que permite soportar lo vivido y lo no vivido, que no termina de suceder.

                                Juan Antonio Massone
                                La Prensa, Región del Maule, 6-X-2016