sábado, 15 de junio de 2013

"Los círculos " de Astrid Fugellie: el discurso de la violencia histórica


La producción literaria de la mujer chilena es un fenómeno escasamente reconocido por el discurso crítico hegemónico. Si bien se han hecho algunas concesiones en la novela y el cuento, las omisiones en lo que respecta al testimonio y la lírica son rampantes. Me propongo hablar aquí sobre “Los círculos” (1988) de Astrid Fugellie Gezan, una poeta de amplia trayectoria y cuya vasta obra poética raramente aparece registrada en las antologías autorizadas. El poemario, quizás uno de los más herméticos de Fugellie, ganó el premio Academia Chilena de la Lengua en 1989 y es el resultado de ocho años de trabajo que tienen como marco contextual la represión de la dictadura militar de esos años. Esto explica el hermetismo del código poético; el decir sin decir para eludir los mecanismos de censura del régimen que hacían precaria la producción escritural de la época. De este discurso subversivo emerge una
conciencia poética que se hace cargo de la Historia. "Los círculos" trascienden la dimensión denotativa para vestirse de significaciones universales, para aludir a aquello "que no tiene principio ni fin, que
va ascendiendo y repitiéndose como una espiral. El círculo traza el límite con la muerte y la vida comienza con la muerte", como nos dice la autora. Pero, los círculos también se asocian a la repetición
de la historia, a esos períodos de violencia y estabilidad, de relativa libertad y de censura que han caracterizado el desarrollo de nuestro continente y que ponen al escritor frente a la disyuntiva del silencio
o la resistencia. En otro nivel, los círculos pueden leerse como la intención de dar una organización geométrica al universo privado, en oposición al caos que ofrece el referente. Los años 80, tiempo que
marca el génesis de “Los círculos” son los años de una escritura vigilada, en los que la autoridad se apropia del lenguaje y sus circuitos, excluyendo cualquier forma de disidencia o discurso políticamente "contaminado". Dentro de la incertidumbre contextual, el poemario de Fugellie constituye un esfuerzo desesperado por ordenar una realidad que sólo puede controlar en el universo de su creación.

“Los círculos” es una obra poética de dimensiones totalizantes, producto de la exploración de la escritura de un sujeto femenino que se ha planteado como repertorio temático lo proscrito. Dividida en círculos que van de la A a la Z, cada uno de ellos contiene unidades poéticas fragmentarias cuya sintaxis violenta está reproduciendo en el texto y a nivel del lenguaje, la opresión extrema del contexto. La estructura tiene la forma de un diálogo en el que una voz profética emite advertencias en un mundo depositario de dolores, huérfano y desamparado, que se debate en el crepúsculo de su historia. Esta voz, acosada por la realidad inmediata, denuncia las condiciones históricas y sociales del Chile de los 80 desde la perspectiva femenina victimizada y marginalizada. Pero no como sujeto pasivo, sino haciendo una re-lectura de la historia patriarcal en la que se privilegia la figura femenina, su cuerpo y su espacio por sobre lo canónico. Tanto la voz autoral profética como las unidades que conforman los círculos —denominadas a veces con una letra, otras con adjetivaciones culturales— tienden a denunciar "la violencia y la injusticia sobre el cuerpo de la mujer, el cuerpo social y, en especial, los sectores sociales marginales" como dice Juan Villegas. Asumir la marginalidad significa ubicarse en un espacio que la
institucionalidad no reconoce y, por ende, un acto de disociación y, sin duda, contestatario.

La voz profética tiene una función apocalíptica y anuncia castigos y sinsabores a la voz poética: "Morirás ciertamente, a manos de tus ojos"; " —Ya verás, ya verás, reventarás por tu grito". Pero más importante que las advertencias es la exhortación a asumir su identidad — "No llores en Inglés o en Francés ¡Llora en Chilenito!") — y su investidura de testigo ocular de la historia: "Escribe en tu diario lo que veas. Chile es un buen ejemplo de Parusia". La dimensión testimonial que se le ha otorgado a la hablante, se ve respaldada por el rol de cronista que el mensaje del dios-padre-indígena Huenu le asigna, al ordenarle dar testimonio, no sólo de lo que está ocurriendo en el país en el momento de la escritura, sino también insertar los sucesos del presente en un contexto más general del acontecer humano:

—¡Salva a tu tribu! Y para que no se repita la inhumanidad de las civilizaciones, escribe en tu diario
lo que veas:
—CHILE ES UN BUEN EJEMPLO DE PARUSIA.

Desde esta perspectiva, el poemario adquiere las características de un documento que reproducirá en el nivel de la escritura, hechos sociales que han afectado la cultura del país con el propósito desentrañar la realidad y de ubicar los hechos históricos, más allá de su apariencia, para integrarlos a la totalidad de la cual forman parte.

Tarea del que escribe será mostrar la otra cara de la historia y ser el portavoz de la colectividad y, como decía Barnet refiriéndose a la novela-testimonio, ser el "portavoz de la historia de las gentes sin historia". Esta función del escritor aparece en el poema "El poeta" del Círculo exaltado:

El poeta decía: — Puedo crear imágenes.
I Las piedras tienen ojos generosos.
II La luna es el pan eucarístico de la noche.
III El sol tiene raíces amarillas.

Y sostenía:
—Lo que digan mis imágenes, da lo mismo.
Al oírlo, el Círculo irrumpió en furia de tolmo:
—¿No has pensado en tu pueblo?
Sobre el pecho de la tierra
fluían las lloreras del malcomer.
Uno, diez, cien, mil hombres en inmutable
estado de necesidad morían.
—No lo había pensado, repuso el creador
cabizbajo.

El poeta no puede permanecer sordo al sufrimiento de la colectividad. Debe llevar al nivel del discurso la memoria perdida para llenar el vacío deliberado en la información pública y articular lo que la historia calla. Tarea que se llevará a efecto en una época de condena y de abandono, de injusticia humana y de injusticia divina, sin posibilidad de redención alguna, como se puede notar en la agonía que prevé la estrofa final del poema "el encarcelado", en el que la presencia iterada del participio de presente —en
oposición inmediata con el participio de pasado de finalidad— enfatiza el carácter permanente, demoledor y constante del martirio con el que se está subyugando al pueblo:

Padre Nuestro que estás en la cárcel
crucificado.
Crucificando, crucificando, crucificando.

En este universo poético doloroso, no sólo el Padre ha abandonado al país. También el Hijo ignora al pueblo como se ve en el poema "Mariagua Mediagua":

Y dijo Jesús:
-¿Cómo te llamas?
Y yo dije a Jesús:
-María.
Y dijo Jesús:
-Como mi madre.
Y yo dije a Jesús:
-No. mi nombre es mariagua mediagua y soy
de Chile.
Y dijo Jesús:
-¿Dónde queda Chile?

El diálogo que se establece entre estos dos personajes me parece muy significativo. Se sabe que la literatura ha sido prolífica en modelos femeninos que han sido destructivos para la liberación de la mujer. Me parece ver en este caso un rechazo al modelo mariano, una hija que se separa de la asociación con la madre y que al rehusar la identificación con la imagen tradicional, se está desasociando del pasado, del presente y de la ley del padre que tienden a transformar lo femenino en objeto. Mariagua se vuelve en contra de los orígenes, lo cual le permite un sentido de identidad muy fuerte que transmite un mensaje evidente: el de una mujer nueva que no acepta la división tradicional del mundo entre poseedores y poseídos del que deriva la objetivación de lo femenino. Mariagua pertenece al universo femenino del poemario que está formado por figuras autóctonas, mapuches y patagónicas que, de una manera u otra, se enfrentan a los dioses —ya sea el Dios Blanco o el Dios indígena—, a la figura del padre en otras palabras, sin desasociarse de la naturaleza. Son todas ellas figuras femeninas desamparadas que han sido victimizadas por los hombres y que reaccionan de manera particular frente a las adversidades:

Lucrecia Millapi murió siendo niña y Fresia, su madre, lloró
tres largos días y tres noches largas, al cabo de los cuales le
sobrevino el consuelo: Bueno, pensó la mujer, Lucrecia no
merecía mi suerte.

El consuelo frente a la muerte temprana es brutal ya que es preferible morir a tener una vida miserable, como la de Angelina Quilleleo forzada a robar, y martirizada por la culpabilidad judeocristiana (48) o como la violencia y el dolor de Manuela Collio (54) y Maximiliana Perul (46). Sin embargo, las mujeres indígenas configuran sólo un sector de la población femenina victimizado y asediado por los males sociales latinoamericanos. El proceso es general y afecta a todo el género, incluyendo a la voz poética que se ha identificado como víctima desde el principio, cuando nos habla de la violencia experimentada por su propio cuerpo:

Palpa mi corazón
me siento sola.
Destripada al tacto
de las manos
innumerables.

La imaginería de violencia y dolor, el trauma del origen predeterminado y basado en el dolor del otro, la pérdida del paraíso y la caída, la noción de haber sido arrojado al mundo y a una existencia que es una suerte de muerte en vida y la búsqueda inútil de permanencia en un universo acechante, convierten a la voz poética en una conciencia aislada que se transforma en antagonista del mundo y depositaría de
su dolor. Más todavía: está aludiendo al momento de la subordinación del género, a la falta de participación desde los orígenes y desde el mismo instante de la creación verbal:

Soy huesa santa, me parieron aquí,
sin consulta previa.
Me vomitaron y después dijeron:
—¡Salud!, hasta que te crezcan
gusanos y flores.
Óyeme, mírame desollada:
El primer hueso indigno que llevo puesto
es la cicatriz en el vientre que me trajo.

La objetivación y la falta de participación en los eventos humanos esenciales se intensifica en el poema "La urañada", en donde se nos dice:

—Me desarraigaron del sitio de la raíz verde.
Arrasaron con mis ojos y me asparon a gritos,
(Sentí dolor y frío en el cuerpo descorporado,
sentí frío y dolor en mi raza).
—¿Te caducaron, te mataron a palos?

Las imágenes se distribuyen en las oposiciones muerte/vida que son los fundamentos del universo poético, sacudido y escindido por conmociones internas, en el que Eros es visto desde la perspectiva
del dolor y de la pérdida ("Por más que quieras amarlo, no lo hagas. Antes, ve allá donde las velas queman. Después, si las quemaduras no te matan, ámalo", y Thanatos, en el tiempo de finitud en el
que la voz poética valora su propia existencia y da voz a sus ansiedades. Se incorporan también a las ansiedades de otros individuos sin poder que han sido víctimas de siniestras transacciones desde los orígenes de la humanidad:

Apáguese la negra fiesta de la creación
porque sus esponsales fueron de Dioses
con cuello y corbata
y avívense los fuegos de la sangre
en memoria de mis siervos.

Desde la perspectiva teológica, el paradigma que ofrece el universo poético de la realidad es inadecuado ya que la opresión del débil por las élites políticas económicas es contraria a la promesa mesiánica de justicia e igualdad:

Lo supe cuando habitaba tu mundo y los Poderes dividían
la tierra para Reinar. Has de saber que antes de ser
Guampo fui Celedonio Manquecura, cura de los desvalidos
y saqueados para cosechar divisas.

El sentido de debilidad e impotencia frente a la realidad política que invade la esfera doméstica y la determinación inquebrantable de romper el silencio impuesto por el terror de la dictadura a través de
la retórica de la resistencia, se ve en el poema "Maximiliana Pirul":

Y llegaron los días en que el dolor de la Patria
debía hablar.
Y llamé a Maximiliana Pirul, que era madre de José
el cantor parroquial y le dije:
—¿Por qué lloras?
—Aprehendieron a José mi primogénito.
—¿De qué lo acusan?
La mujer— abnegada repuso entre dientes:
—De tener la voz como caída del cielo.

El dolor privado adquiere una significación mayor dentro del contexto general anunciado inmediatamente después por la voz profética: "Los Heraldos Vallejianos, el Hamlet doloroso y todos los escritos del hombre y todo lo maldito de Dios logran su vigencia en esta larga y angosta faja de tristeza" (58).

Frente a la naturaleza patriarcal de los textos bíblicos, Fugellie opone una constelación de creencias y valores nuevos; sus hablantes se convierten en testigos proféticos de una escritura dirigida en contra de la injusticia y la deshumanización del hombre y de sus instituciones, como se puede notar en el poema "El infeliz":

Tendría edad de pájaro insolente
cuando mi padre ordenó entrar al colegio:
—Acatarás la forja de mis tundas
la de tus maestros y no dirás "ni pío".
¡Lo harás hijo!
—Sí padre,
(al buen tuntún porque era niño)
Luego vino la adultez y algún Mayor,
que no era su padre, ordenó:
—No tendrás voz ni voto.
Concluida la disposición,
anudó al hueso de su antebrazo
un signo brutal que pendió como una aureola
llena de cenizas.
—¿Lo harás?
—¡Sí mi Señor!

El paradigma feminista de dominio que se cuestiona en “Los círculos”, afecta tanto las estructuras religiosas como las sociales en lo que respecta a la autoridad. Se escribe contra esa realidad que divide el mundo entre dictadores, representados en los poemas por la figura del Padre, y subordinados, representados por las figuras del Hijo y la Madre, y se propone un concepto de autoridad basado en el
diálogo entre iguales —como se puede notar en el poema "Mariagua Mediagua" y otros— que no requiere sometimiento, sino la participación común en la tarea de crear una nueva realidad, interdependiente, no dependiente y afirmada en la cooperación de la diversidad con la totalidad. Sólo cuando las diferencias sean respetadas y valoradas, aquéllos que han sido marginalizados recuperarán su valor como seres humanos y podrán participar en el viaje hacia la nueva creación.

La yuxtaposición de sucesos públicos y privados sugiere una alienación y una interferencia inevitable entre dos niveles de existencia. La poesía de Fugellie responde a las tensiones del momento histórico, enraizándose en la experiencia autóctona como un modo de responder a la arrogancia del poder. Frente a la experiencia común de alienación política, exacerbada por la marginalización del género, la poesía se convierte en un espacio de resistencia y en fuente de disidencia pública. Asimismo, los poemas se transforman en emisiones de un sujeto consciente que revelan a través de su diálogo con otros, el desorden y la discontinuidad de las relaciones sociales bajo un régimen dictatorial en crisis: abusos, flagelaciones, prisión, muerte, ametrallamientos, desaparecidos, la ausencia y el atropello a los derechos humanos más elementales, el exilio que amputó el cuerpo social, todo encuentra su lugar en el poemario. El discurso poético de Fugellie sobrepasa las fórmulas triviales aplicadas a la poesía escrita por mujeres ya que, al ser una praxis escritural que rechaza lo doméstico se ve ligada inevitablemente a
la problemática de su país. Una práctica cuestionadora, itinerante entre el Silencio (Círculo A) y la Exaltación (Círculo Z), y múltiple, con la que reclama la posibilidad y la misión de transformar la vida
en palabras y la participación de la poesía en la lucha por la democracia y la autoemancipación.


Obras citadas
Barnet, Miguel. "La novela testimonio. Socioliteratura". Testimonio y literatura, Ed. Rene Jara y Hernán Vidal. Minnesota: Institute for the Study of Ideologies and Literature, 1986. 280-302.

Campos, Javier. La joven poesía chilena en el período 1961-1963”. Concepción: Lar, 1987.

Díaz, Erwin. “Poesía chilena de hoy”. Santiago: Documentas, 1988.

Fugellie, Astrid. “Poemas”. Punta Arenas: Ilustre Municipalidad, 1966.
—. “Siete Poemas”. Santiago: Tebaida, 1969.
—. “Una casa en la lluvia”. Santiago: Ed. Nac. Gabriela Mistral, 1971?
—. “Travesías (Antología”). Santiago: Quickprint, 1986.
—. “Chile enlutado (Artefacto)”. Santiago: Ergo Sum, 1987.
—. “Los círculos”. Santiago: Ergo Sum, 1988.
—. “Dioses del sueño”. Santiago: Cuarto Propio, 1991.
—. “De magas y tréboles (Artefacto)”. Santiago: Ergo Sum, 1992.

Pina, Juan Andrés. “Conversaciones con la poesía chilena”. Santiago:Pehuén, 1990.
Villegas M., Juan. “El discurso lírico de la mujer en Chile: 1875-1990”. Santiago: Mosquito, 1993.


Notas

1 Para citar los estudios más recientes, Juan Andrés Pina en Conversaciones con la poesía chilena no incluye a ninguna poeta; la misma amnesia afecta a Javier Campos en La joven poesía chilena en el período 1961-1963, en tanto que Erwin Díaz en Poesía chilena de hoy, generosamente incluye el nombre de una mujer.

2 Astrid Fugellie ha publicado hasta el momento ocho trabajos (ver Obras citadas).

3 Astrid Fugellie. Revista de libros, El Mercurio 11, VIII, 1989.



Carmen Galarce,

Otterbein College, Westerville, OH

Montaje fotográfico en diario La Nación


Esta fotografía corresponde al retrato fotográfico que hiciera Malú Ortega, en ese momento fotógrafa oficial de la Sociedad de Escritores de Chile, y que formara parte del montaje exhibido en hall central del diario La Nación en octubre de 2006. Una veintena de escritores y poetas estuvieron presentes en este proyecto fotográfico. Además de la poeta magallánica Astrid Fugellie, fueron parte de la exposición Pía Barros, Volodia Teitelboim, Raúl Zurita, José Miguel Varas, Estela Díaz Varín, entre otros.